martes, 4 de diciembre de 2012

...y despertar con la ciudad

Unos rayos de sol se filtran por la puerta del balcón, entre las cortinas, para llegar a mi rostro. Los siento sobre mis párpados intentando despertarme pero, me niego y dándome la vuelta me tapo la cabeza con la manta. Sin embargo no consigo volver a caer en el dulce sopor del sueño y emitiendo un gemido de protesta me destapo de nuevo y miro hacia el balcón. Las puertas están cerradas y las cortinas echadas pero como no llegan a juntarse del todo el sol ha logrado colarse por ese huequecito e iluminar levemente la habitación. Esbozo una sonrisa y me levanto de la cama. En una esquina hay un espejo apoyado contra la pared. Le dirijo una mirada observando mi reflejo. El pantalón largo del pijama se ha desatado y está justo en el límite de la cadera. La camiseta de mi grupo favorito, ya gastada y descosida por usarla siempre, está toda arrugada después de dar vueltas en la cama. El pelo totalmente despeinado con cada cabello en una direccion. Bajo el desarreglado flequillo puedo observar mi mirada aun adormilada. Tras este examen me dirijo al balcón y descorro las cortinas de un fuerte tirón. Ha amanecido hace poco y la ciudad aun anda despertándose. Abro la puerta y apoyándome en la barandilla echo un vistazo a la calle. Solo se mueve algún coche, seguramente con su conductor maldiciendo por tener que ir a trabajar tan temprano, y algunas personas de fuerte voluntad ya sea paseando a sus perros o haciendo footing. Sopla una fría brisa y se me pone la piel de gallina. Me gusta mirar el amanecer y la actividad apresurada a la vez que somnolienta que tiene la ciudad pero, a estas horas no soy tan fuerte como esas personas de la calle y prefiero meterme dentro de nuevo para taparme con la manta y acurrucarme en la cama. Aun que no me duerma al menos estaré cómoda y calentita.

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