lunes, 15 de julio de 2013
Reflexiones de un minuto en el tren
Suena el pitido avisando de que las puertas van a cerrarse. Entra corriendo un chico de unos diecisiete años, en el momento justo para no ser atravesado por la mitad. Se sienta en frente de mí y tras ponerse los cascos, desde los cuales se puede escuchar una música rock, se aísla del mundo. Igual que antes de que el chaval protagonizara una película de acción para poder subirse al tren, fijo mi atención en lo que hay al otro lado de la ventana. Mis sueños echan a volar de la misma forma que lo hicieron en su día los de un escritor de pelo y barba canos, que hablaba de un futuro que resultó acertado o los de un pintor excéntrico y loco de extraño bigote con sueños surrealistas. Saco mi libreta favorita y un boli mordisqueado de mi bandolera. Con una sonrisa dejo que los recuerdos de mi corazón guíen mi mano mientras escribo unas líneas que versan sobre esa cara de mi vida que pocos conocen y que como tantas otras veces me ha despedido en la estación.
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