lunes, 15 de julio de 2013

Todo lo blanco puede volverse negro

Mojé la pluma en la tinta y la deslicé por la página aún en blanco. Puse mucho cuidado en los trazos, levantándola del papel después de escribir cada letra. No quería que se corriera lo escrito y se estropease junto con la hoja. Era una carta importante. No podía permitirme hacerla de nuevo. Frase a frase, oración a oración, iba enlazando las palabras para formar un discurso capaz de conmover a alguien con corazón de piedra y de hacer mostrar valor al más cobarde de todos. Terminé con el día, justo en la caida del sol. Quité el papel del escritorio para preservar su seguridad. Empecé a guardar todas las plumas que no había llegado a usar. Saqué la que si había utilizado del tintero y la dejé apoyada en un paño de color burdeos. Recogí también el frasquito de tinta azul pues al final me había decidido a usar la negra. Era una armoniosa combinación de tonalidades entre la mesa de madera caoba, el pañuelo, la pluma blanca, el tintero metálico y la tinta negra en su interior. Me estiré por encima de mueble para poder cerrar la ventana y evitar que algo se cayese con el viento que entraba. Pero no fue la ventana sino yo misma quien tiró algo. Con un golpe involuntario del codo, convertí a un cisne en cuervo y dejé vacío donde antes se albergaba un líquido obsidiana. Lo que antes podrías considerar una tela manchada de vino, ahora estaba teñida de brea. Suspiré por mi buena idea de retirar la carta de allí. Puse de pie el tintero, usé el paño para secar lo más posible el escritorio y levanté la pluma en alto para poder observarla al contraluz del atardecer. La tinta había sido absorbida de manera irregular y se podía observar extrañas figuras. Decidí quedarmela y la coloqué encima de una piedra recogida años atrás en la playa que le hizo las veces de apoyo y de mostrador. Después fui a buscar un sobre para la misiva que a la mañana siguiente tenía que echar al buzón sin demora.

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