martes, 27 de noviembre de 2012

Hasta los juegos tienen un significado

Había un juego que me gustaba mucho de pequeña. Cuando era otoño y soplaba el viento, las hojas salían volando. Yo siempre saltaba y hacia cabriolas intentando coger una en el aire antes de que cayese al suelo. Cada vez que me paraba para intentar atrapar uno de esos pequeños tesoros rojos y ocres mi madre me decía: ¿Quieres estarte quieta? No vas a conseguir una y menos si solo te lanzas a perseguirlas y das saltos sin pensar. Entonces ella se quedaba quieta siguiendo las hojas con la mirada y en un par de intentos ya lograba hacerse con una. Yo me enfurruñaba e hinchaba los carrillos mientras ponía una cara que consideraba de estar muy enfada aunque era mas bien cómica. Mi madre solía reírse y darme la hoja que había cogido . Siempre se la arrebataba de las manos con un tirón reclamándola para mi con un grito de `¡mía!´ Solía regalármelas diciendo: Si es tuya pero vámonos ya. Así seguíamos el camino, yo observando la hoja y repasando su contorno con el dedo mientras mi madre suspiraba. Hace unos días paseando con ella se levantó el viento y las hojas se desprendieron de los árboles. Me paré tranquilamente en medio de la calle y atrapé una al vuelo al primer intento justo como hacía mi madre cuando yo era pequeña. Miré la hoja frunciendo el ceño y la rompí dejándola caer al suelo. Entonces me puse a correr y a saltar persiguiendo las hojas sin coger ninguna. Mi madre extrañada me preguntó: ¿Por qué has vuelto a hacerlo así si de este modo no puedes cogerlas? Yo sonreí feliz y la respondí: Porque solo así es divertido y puedes disfrutarlo. No importa realmente obtener o no alguna hoja, lo importante es el desafío e intentarlo con todas tus fuerzas sin tomar el camino fácil. Me miró sin entender del todo mi respuesta y yo encogiéndome de hombros volví a lanzarme a por mis hojas.  

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