desde tu altar pulido en blanco mármol
con las lágrimas cayendo por las arreboladas mejillas
y siendo tragadas por la mueca de tu rostro.
Ves las alas desplegadas y extendidas ante ti
saliendo de la espalda del oscuro emisario
enviado por la señora a la cual aguardas
con el cuerpo en tensión y el corazón agitado.
Aunque es lo que estabas deseando que pasara
ahora no eres capaz de mirar al frente.
El miedo se interpone como un muro entre vosotros
y ya no quieres seguir por ese camino.
Él toma la decisión por ti y extiende su pálida mano,
espera tomar la tuya para cumplir tu deseo
y llevarte al lugar de donde ha venido
junto a su diosa y ama con la que tú querías estar.
Pero el muro de miedo lo disuade de sus intenciones
y en vez de cogerte de la mano para iros
alza la suya hasta tus brillantes ojos
para secar con sus largos dedos las amargas lágrimas.
Alzas la cabeza confundida por ese cambio repentino,
lo justo para que vuestros ojos estén a la misma altura,
pero al hacerlo un escalofrío te recorre entera
pues sus ojos son de cristal, vacíos y sin vida o emoción.
Él no es capaz de verte o sentir lo que tú sientes
pero aun así ha notado la tensión dentro de ti.
Al mirarlo de nuevo descubres que es solo un esclavo,
un alma abandonada controlada por la muerte.
Levantas tus manos hacia su rostro inexpresivo,
pero la sorpresa inunda el tuyo al tocarlo
pues un leve roce lo ha agrietado y partido
extendiéndose por su cuerpo hasta ser solo polvo.
Vuelves a estar sola en tu altar, pero ahora es diferente.
Ya no quieres abandonar y que la muerte venga a por ti,
prefieres seguir en este mundo y luchar tu misma
hasta que el destino os ponga a la diosa y a ti cara a cara.

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