Una gota. Una simple gota escarlata surgiendo de la yema
del dedo y deslizándose por él. Se había pinchado con una fina aguja que no
había tenido misericordia para traspasar su delicada piel. Ante aquella visión
despertaron mis instintos y fijé la vista en el punto vital de su cuello de
cisne. Lo acaricié sutilmente para mitigar su miedo antes de marcarla con el
distintivo de los míos. Un delgado hilo del destino surgió de dicha marca,
dándome el tesoro esperado. Su esbelta figura cayó al suelo sumida en un dulce
sopor. Me alejé de allí dedicándole una última mirada no a su hermoso rostro,
ni siquiera a las heridas que mostraban mi implicación en aquel acto, sino al
detonante de aquello. Aquel leve pinchazo del había emergido un punto
brillante, causador de desgracias para la mayoría y de placer para unos pocos.
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