martes, 9 de octubre de 2012
Una pequeña ventana
Noto los cálidos rayos del sol en mi mejilla, pasando através del cristal de la pequeña ventana. Tengo suerte de ser alta ya que eso me permite ver lo que hay al otro lado, cosa que alguien más bajito no podría hacer. Aunque también puede considerarse una maldición porque ansío lo que veo y no lo puedo tener. Ansío la libertad y la vida que hay al otro lado. Desde mi pequeña ventana soy capaz de observar el aparcamiento para personal, la entrada de hierro que solo se puede abrir y cerrar desde la garita de los guardias y la alta verga electrificada que lo rodea todo. Pero lo que yo ansío es lo que hay mas allá. Un pequeño parque, con árboles de hojas marrones y algunos hierbajos ya secos por la estación. Al lado hay unas canchas de baloncesto antiguas con las canastas ya oxidadas y las redes rotas. Aún así unos chicos están jugando en ellas y parecen divertirse. Corren, chillan y saltan mientras se pasan la pelota e intentan marcar una canasta para su equipo. Los miro y los envidio. Envidio su libertad, su risa despreocupada y su cabello moviéndose como solo se puede mover cuando el viento del exterior te lo agita. Yo no puedo experimentar eso. Encerrada en mi celda de apenas cinco metros cuadrados con un colchón duro por cama, un inodoro viejo y un lavabo agrietado sin espejo. Todo tiene un color blanco en contraste con el tono gris oscuro de las paredes. Miro la puerta en la pared opuesta a la de la pequeña ventana. Es completamente lisa, sin cerradura y sin bisagras solo con una fina rendija para la comida. Suspiro y vuelvo a mirar por la ventana. Algún día volveré a ser libre yo también. Y el día que mi vida vuelva a estar en mis manos no me la arrebatarán de nuevo.
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