Contempla el horizonte desde su alta torre
observándolo todo con ojos negros y profundos
cuales ala negra del gran cuervo,
fiel compañero de la eterna muerte.
Peina sus delicados cabellos similares a hilos de seda
poseedores de un brillo de obsidiana oscura,
deslizando el fino peine de plata y nacar entre ellos
con un exquisito movimiento de sus manos en marfil talladas.
Su piel tan blanca cual nieve recién caída
similar a un reflejo de luna llena.
Su cuerpo esbelto y frágil como un cisne de largo cuello,
que se asoma a la ventana con la esperanza en su pecho.
En su rostro de hermosas y sencillas facciones
con esos labios perfilados en un sutil escarlata
que muestran una sonrisa cansada de esperar
y al ver la lejanía mudan el gesto.
El día en toda su embergadura ya ha pasado
dando el sol y mañana paso a la luna y noche.
Otra oportunidad perdida en el olvido
sin que llegue el que ha de ser portador de su destino.
Vendrá montado en un caballo de crines blancas
trayendo consigo una llave dorada
que la puerta de roble de la torre abrirá
terminando la vigilia de su eterna amada.
Es el deber de la bella dama el esperar
pues así su padre y señor lo dictaminó
que en el torreón ella siempre aguarde
hasta que su amado caballero hasta allí cabalgue.
La joven cuenta las lunas pasar
para el tiempo en el torreón transcurrido saber.
Lágrimas vivas le bañan el rostro
cuando se da cuenta que su amado no la vendrá a recoger.
Se desespera entonces loca de dolor
por alcanzar sus ansiados amor y libertad.
Se lanza por la ventana para alcanzar con la muerte a uno
y con su salida del torreón a la otra.
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